domingo, 6 de octubre de 2019

Pendencieros

Esto es una canción. La escribí apenas me levanté, al otro día de la última pelea en casa. Tengo que decir que yo no me siento identificado con gran parte de la letra.

Esa pelea no fue una más, fue distinta.

Al despertar, estaba confundido. Entraba el sol al departamento. Ni el porro más grande podía sacarme el calambre del alma. Pepina me miraba.


Peor que el amor, mejor que la costumbre,
yo ando perdido y sin rumbo
por un callejón de pétalos y perros sin un dueño.

Mi cama deshecha y las tucas en el cenicero
son prueba fehaciente de mi depresión.
Pero no, no voy a llamarte, ¿sabés?

Prefiero quedarme durmiendo,
cerrando todas las cortinas,
acobachado en la esquina,
escapando del sol.

¡Maldita perra pendenciera!

El dulce sabor de tu boca
y tu piel de algodón
me cortan,
o eso parecieran decir
las canciones bonitas escritas,
mi llanto de niño enjaulado,
la casa vacía, la comida fría
y tus valijas en el comedor.

Pero no, pero no voy a llamarte ¿sabés?
Prefiero quedarme fumando,
mirando al perro y pensando
que la vida no vale la pena
si es poco el vivir.

Desde que te fuiste le recé a todo los dioses,
busqué la luna nueva
entre las nubes que descoses.
Busqué entre las estrellas la sonrisa de tu flecha,
busqué entre mis amigos un consuelo para mi alma maltrecha
y no pude encontrarlo,
pero encontré algo mejor:
saberme más maduro por el fruto del dolor.

Ay, ¡qué pena!
Terrones de azúcar
cayendo al fondo del café
Ay, ¡qué pena!
Penita tan negra y amarga
como el fondo del café.

Maldito perro pendenciero.


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